Artículo de Jack Marx. Del Sydney Morning Herald.

 

Era marzo de 2005 cuando la estrella ganadora del oscar me llamó. Había leído un artículo que yo había escrito –algo sobre cómo las revistas de famosos inventan mentiras- y había buscado mi número. Quería que nos encontráramos para comer. Me preguntó que si yo podía ser de fiar. La última cosa que quería era ver en los periódicos, dijo, era alguna historia sobre mi almuerzo con Russell Crowe. Le dije que no se preocupara. Yo tampoco quería leer esa historia.

 

Al día siguiente nos encontramos en un restaurante que él eligió, yo con mi mejor traje de tres piezas y sombrero y él con sudadera y gorra. Esperaba que no me importara pero ya había pedido la comida para los dos y estaba seguro de que sería de mi gusto.

 

La siguiente hora y media fue básicamente un interrogatorio mientras RC, con la cabeza en el plato, encadenó pregunta con pregunta desde debajo de la visera de su gorra. ¿Dónde me había criado? ¿Cómo fue mi infancia? ¿Qué hacía mi padre? Estuve tan ocupado contestando que apenas tuve tiempo de saborear la comida.

 

Al final, R me dijo que tenía una pregunta más que yo podía no contestar si así lo deseaba: quería saber cuánto ganaba. Y como un niño al que el rey le pregunta la edad, se lo dije. Después se levantó, me dio la mano, me agradeció mi atención y se despidió añadiendo que si alguna vez yo quería ver jugar a sus amados South Sydney, solo tenía que llamarlo y tendría un asiento para mí en su palco privado.

 

Esa noche, en nuestra casa alquilada al oeste de Sydney, mi mujer Kellie y yo hablamos sobre el significado de todo aquello. ¿Podría ser que RC necesitase un escritor? ¿O un amigo? No le preguntas a un hombre cuánto ganas a no ser que tengas planes de emplearlo, ¿no? Como algo intrigante, decidimos tratar de olvidarnos de todo el asunto antes de que nos volviera locos y lo catalogamos como nada más que un encuentro imprevisto con la fama global.

 

Unas noches después recibí una llamada de un hombre con acento americano. Su nombre era Keith. Era el asistente personal de R y quería saber si yo aceptaría la invitación para el partido. La liga de rugby no me va pero quedarme en casa sería tonto; también constituía un abandono de mi natural instinto de investigación.

     Y así Kellie y yo nos vestimos para una noche en la ciudad y fuimos  al partido, donde nos encontramos a R, su hijo Charlie, las niñeras de C y muchos amigos de R, todos vestidos para un día de partido. Aunque R fue encantador y todo el mundo muy amistoso, mi mujer y yo nos habíamos sentido tan fuera de lugar –dos personas comunes en el palacio del hombre rico- que al marcharnos a casa esa noche acordamos que no tendríamos nada que ver con RC. Su mundo no era lugar para nosotros.

 

    Pero las llamadas continuaron. K quiso mi email; otro asistente telefoneó queriendo saber por dónde me movía, en ese instante, porque tenía un libro que R había prometido darme y sus ordenes eran entregármelo personal e inmediatamente, cosa que hizo en una calle atestada de Sydney. Ahora no estaba claro que, a no ser que fuesen imaginaciones mías, R tenía algo en mente para mí. Aunque no sabía que podría ser, mi imaginación se disparó mientras empecé a ver una nueva vida para mí y los míos –ropa para Kellie y un montón de nuevos juguetes para mi niño, todo para disfrutarlo en una casa de nuestra propiedad. Después de todo, después del primer ministro y los magnates de la prensa, no había nadie tan poderoso en Australia que Mr. RC, y cualquier migaja que se cayera de su mesa sería un festín para mí.

    Entonces, una tarde, D me llamó para preguntarme si tenía un momento para su jefe. R se puso al teléfono y durante unos minutos nos pusimos las cartas sobre la mesa. Entonces me preguntó si tendría algo de tiempo al final de la semana porque deseaba que fuese a su casa y escuchara algo de música.

    Su música.

    Mis tripas se fueron al suelo como en un ascensor. Aunque la música de C me era completamente ajena, no lo era tanto la estima en la que estaba considerada por aquellos cuyas opiniones parecían importar. ¿Era de esto de lo que habían ido las últimas semanas?

 

    Fui al muelle de Woolloomooloo unas noches después, ensayando con cosas como esas críticas sin precio que yo había hecho de mis días como crítico musical: “interesante”, “en absoluto lo que me esperaba”, “increíble no es la palabra”.

 

    En la puerta, un guardia de seguridad me escoltó hasta el ascensor, pasándole el testigo a K cuando entramos en un oscuro recibidor. D me dio la mano y me llevó por un pasillo con guitarras clásicas hasta el estudio de R, un especie de cabina del capitán con vistas a los rascacielos de la bahía de Sydney. Llevándome hasta el sofá, D me dijo que R estaba en otro sitio de la casa y vendría después, y me sugirió que empezase a escuchar el CD mientras tanto. Cuando me puse cómodo, K encendió el aparato de sonido y se fue cerrando la puerta.

    Es justo decir que la música de R fue una sorpresa. Lo que yo había esperado ser algo sin ritmo y chapucero, era más o menos aceptable −tonos sin color de un músico callejero con un toque inodoro de rock cristiano. Lo más caritativo que pude sentir fue no era una completa basura.

No sé qué me llevó mirar hacia el techo, pero al hacerlo vi lo que pensé que era una cámara. Enfocada hacia mí. Hasta hoy no sé si era una lente o simplemente una luz pero, sólo para asegurarme, me puse a mover la cabeza siguiendo el ritmo, para el beneficio de cualquiera que pudiese estar observando desde alguna sala de control. Después de 37 minutos se acabaron las diez canciones, y cuando terminaba la última melodía, se abrió una puerta y apareció R, haciendo notar su “oportuna entrada”. Siguió un silencio nervioso hasta que al final me preguntó lo que pensaba. Le dije que la música era “interesante” y “en absoluto lo que me había esperado”. Me preguntó los títulos de las que me había gustado, y me saqué uno de la manga (desafortunadamente, resultó ser una que no había escrito él).

    Habló durante un rato sobre los medios y cuántos se ponían a escribir rápidamente sobre él como un cantamañanas, cuando sospechaba que no habían oído nada. RC el músico, dijo, encontrándose bajo un horrible problema de relaciones públicas. Fue entonces cuando pregunté −porque sabía que debía hacerlo− cómo podía ayudar.

    R dijo que necesitaba “un campeón”, alguien que pudiese cambiar las opiniones de la gente y hacerles ver que su música no era horrible. En resumen, necesitaba un publicista de guerrillas −un fontanero, alguien que tapara las goteras en la voluntad de los medios, que les metiera su música por los oídos a los periodistas cuyas opiniones estaban llenas de prejuicios. Después seguiría el resto del mundo. Se preguntaba si yo podía ser ese campeón.

 

    En ese momento yo ponía de mi bolsillo un libro que había publicado al cambiar de siglo. Contaba la historia verdadera de cuando fui en busca del ídolo rockero de mi infancia, y lo encontré retirado en un pequeño pueblo de la costa, siendo un inválido recluido después de 25 años de drogadicción. [...] Me dio la experiencia de hablar de una fábula moderna, un cuento de precaución sobre los peligros de acercarse demasiado a tus ídolos.

    El libro arrastró mi nombre por el fango entre aquellos que creen que los únicos crímenes que envuelven a las estrellas de rock son los perpetrados por periodistas y biógrafos. No sé por qué le di este libro a R. Quizás sentí un deber admitirle quién era yo realmente, como un amante nuevo que cuenta una historia de herpes. El caso es que recuerdo perfectamente comentarle que las páginas de ese libro contenían todo lo que él necesitaría conocer de mí y que lo leyera antes de que continuáramos. Dijo que sí (aunque sospecho que lo leyó recientemente). Mientras, le prometí considerar lo que convertirme en su campeón.

    Al volver a casa comenté con mi mujer lo que había pasado esa tarde. La música de R llenaba la habitación mientras hablábamos de lo que suponía el pacto de Fausto de mi último dilema. Sólo se habían escuchado unas cuantas canciones cuando sonó el teléfono – era R. Quería saber si le iba a poner el CD a mi mujer esa noche. Le dije que sí. Me preguntó que si no me importaría llamarle esa misma noche en caso de que ella tuviera algo positivo que decir. Colgué e informé a Kelli de que ahora aquél también era su problema, añadiendo que “increíble no es la palabra” todavía podía servir en caso de que necesitara usarlo. [...]

 

    Pensé detenidamente sobre todo los siguientes días, hasta que al final decidí que el contenido de la música importaba poco. La cuestión era si a mí me interesaba R lo bastante como para querer lo que él hacía. Y tengo que admitir que se estaba quedando conmigo –la sonrisa del niño rico y los ojos de vagabundo y todo lo que había de hombre y niño en el medio. Lo encontraba inteligente y comprometido, en absoluto el bufón de la leyenda moderna. Estaba hechizado desde luego, y si fuera una mujer, pensé, me volvería loca por él. Como hombre adulto, sentí que podía confiar en él. A no ser que fuera un actor muy bueno.

    Llamé para decirle que había decidido ser su campeón. Me ofreció un salario generoso que rechacé. No quería decepcionarlo, dije, y no estaba seguro de qué éxito podría ofrecerle en esta empresa. Si las cosas marchaban bien podríamos discutir ese asunto cuando fuera el momento. Mientras tanto, sólo necesitaría para cerveza y para los colegueos que requieren los periodistas. Y así empecé mi campaña de guerrillas, yendo a por los periodistas de mi ciudad con el CD de R en mi maletín. Me había diseñado un complejo argumento basado mayoritariamente en lo negativo: ¿Por qué no debería escucharse la música de R? ¿No era tan meritoria como la mitad de la basura que se oye hoy? ¿Si uno no fuera a saber que era Máximo cantando, lo escucharía?

 

    El asunto era duro. Algunos periodistas se rieron de mí abiertamente, otros me siguieron el rollo con sonrisas compasivas, como amigos del paciente terminal que jura que el mundo es maravilloso. Una vez a la semana, o así, me acercaba al muelle de Woolloomooloo, donde hablaba con R. Algunas veces nos quedábamos hasta tarde, escuchando música entre niebla de brillos púrpuras. Me regaló un montón de historias de Hollywood, de los tratos desconocidos y el lenguaje del juego, de los grandes actores con los que había trabajado y de los malos también. En toda mi vida, no creo que un hombre hablando me haya entretenido tanto.

 

    Una vez, entré en su casa para encontrármelo sentado entre guiones, apilados como una metrópolis en la mesa alrededor de él. Era la fracción que su agente le había dejado, y sólo unos cuantos afortunados le llamarían la atención. Algunos se convertirían en películas de todos modos, como ocurrió con Matriz, un guión del que había decidido pasar. R “no lo cogió”, dijo, el tema de una realidad maravillosa pero falsa escondiendo la fea verdad. No era un asunto que le interesaba.

 

    Observé los tiempos organizados en el mundo de RC. Apenas llegábamos a estar alguna vez completamente solos, con las puertas abriéndose y cerrándose con una legión de gente del servicio haciendo mil cosas. En una ocasión, R le pidió a un joven que nos trajera galletas y queso, cosa que éste hizo. Momentos después, apenas interrumpiendo la conversación, R cogió un teléfono y comentó que las galletas estaban algo pasadas (yo no me había dado cuenta). En un segundo, llegaron nuevas desde la cocina, traídas a la mesa por otro hombre distinto. [...]

    Y fue durante esas veces que vi la muestra de algo que me hizo poner una mueca –la extraña propensión de C para pulir la manipulación de los medios. Parecía como si R estuviera haciéndose cargo de su propia campaña de relaciones públicas. Yo hacía lo mismo pero él se movía con los periodistas mientras que yo sólo llevaba su CD. Iría a los periódicos y llamaría a los periodistas en persona, castigándoles por inexactitudes. No había nada moralmente corrupto en eso, pero lo encontré un pasatiempo tonto para un hombre de su estatura. Algunas veces eso no le hacía ningún favor.

    Una vez se jactó ante mí sobre cómo había llamado a una famosa columnista de cotilleos que había cargado las tintas contra él, prometiéndole que si escribía un par de palabras positivas, le daría una entrevista exclusiva. Por arte de magia, la semana siguiente aparecía una mención positiva en su columna y a continuación siguió la entrevista exclusiva. Era dudoso, pensé, que los colegas de la columnista no se hubieran enterado de aquella transacción. Si R necesitaba una respuesta para el por qué de que no gustara a los periodistas, ya la tenía.

    no se me perdía que yo era parte de este sin sentido, y a veces me preocupaba más allá de avergonzarme simplemente. Una noche, hablaba con R sobre un periodista en particular que al que parecía no gustar R, y le sugería algunos acercamientos que podrían ser útiles para cambiar la opinión de dicho periodista. Con una sonrisa de niño, R negó con la cabeza y dijo que si no fuera porque era mucho follón, se habría cargado a aquel bastardo. Estaba bromeando, por supuesto, y los dos nos reímos mucho. Pero me llevó a pensar si esto había ocurrido alguna vez en los anales de la historia de Hollywood con la prensa. [...] En junio, R se despidió de mí deseándome buena suerte con mi “caza”. Se iba a América a promocionar su nueva película CM. Me vería, me dijo, en un mes o dos, cuando quizás nos tomáramos una cerveza. [...]

    Muy poco después, mi mujer me despertó una mañana con malas noticias: RC estaba en la tv, esposado. Le había tirado un teléfono a un conserje de un hotel de NY. Aparentemente había tenido problemas para llamar a casa y había armado un follón. No me sorprendió –R apenas me había telefoneado por sí mismo alguna vez, era Keith quien marcaba los números primero. Le mandé un email preguntándole si había alguna cosa en la que yo pudiese ayudar, no sabiendo bien si podía. Me lo agradeció pero contestó que era sólo asunto suyo.

    Al día siguiente, los medios locales fueron muy caritativos: R, parecía, había sido malinterpretado. Un columnista de un diario local, una vez contrario a Crowe, escribió de cómo una reciente visita a la casa de R y subsecuentes conversaciones telefónicas habían significado “ha cambiado mi opinión hacia él”. Un presentador declaró en un programa matinal de la televisión nacional que R era “un tío encantador”, porque había ido a su casa también. Un famoso locutor de radio de entrevistas puso en antena todas las llamadas positivas de los oyentes. Más tarde, fue recompensado con una entrevista exclusiva. RC, dijo, era un “colega”. Incómodo, ahora, sobre mi propia tarea, decidí suspender todas las actividades hasta que regresara R. Por todo tipo de razones, me parecía que no era momento para recorrerme la ciudad alabando las virtudes musicales del hombre en los titulares.

    De vuelta en Australia, volví de nuevo a Woolloomooloo. R estaba de un humor sombrío –dijo que se había sentido estar paseándose con una diana en el culo y el mundo entero tiraba los dardos. La prensa había sido injusta. Y también, dijo, el conserje, que no había mostrado “intención de pasar del tema”. Había sido humillante, dijo R, haber tenido que mostrar arrepentimiento en público, cuando lo que de verdad sentía era el hecho de que estaba metido en un buen lío. El conserje había dicho: “sí, sí, vale, lo que sea” –palabras que, según C, constituyen el “insulto más bajo” que se puede decir, equivalente a “tú no eres nadie, no importas”. Y si vas a murmurarle esas palabras a otro hombre en estos tiempos turbulentos, dijo Crowe, será mejor que te prepares para lo que sea.

    Semanas más tarde recibí un email de la compañía cinematográfica encargada del éxito de CM. Me comentaron que yo estaba haciendo una historia, dijeron, y querían saber mi disponibilidad para una entrevista con la estrella. Respondí diciendo que no estaba haciendo tal historia –estaba demasiado cerca de R. La respuesta fue silencio.

    Unos días más tarde, la editora de un magazine dominical de amplia tirada me mandó un email preguntándome cuándo podría tener la historia de RC. De nuevo, le respondí que no estaba haciendo esa historia, porque sabía que R no lo aprobaría. Ella me contestó que, en realidad, R me había señalado a mí directamente. Eso era un problema porque R no había mencionado nada. Tenía por seguro que él conocía bastante de mí ahora para saber que no me habría gustado esa idea. Mandé un email a R preguntándole su opinión. Pasaron 24 horas.

    Cuando llegó su respuesta, fue directamente al grano. Había un periodista en Londres, escribió C, que había escrito muchas historias sobre él, y como consecuencia había compartido varias cervezas con R en 22 ciudades del mundo. Este periodista había resistido todas las presiones para escribir mal sobre R, y así se le apreciaba y se le recompensaba. “Así que ya ves, Jack”, escribió, “no todos los periodistas son coñazos”. Añadió que si yo quería hacer la historia, entonces, “le parecía estupendo”. Es más, R me informó de que mi misión de publicidad de su música no había sido más que un test. Su “plan maquiavélico” había sido para probarme en su propio equipo de “publicista personal” para el año siguiente, en lugar del actual que tenía, con quien iba a finalizar su relación. Si yo decidía no hacer la historia, dijo, no se reasignaría, simplemente se cancelaría. La elección era mía.

    La tragedia potencial a estas alturas se me mostró unas semanas después, cuando R nos invitó a mi mujer y a mí a su rancho en la costa norte. Su banda tocaba en el pueblo cercano, donde iba todo tipo de gente. Conocimos a la extensa familia de R, que sabía nuestros nombres, y almorzamos con Kevin Spacey, a quien mi mujer no reconoció, preguntando sobre qué instrumento “ese de ahí” estaba tocando en la banda. R nos enseñó el rancho: los establos, el estudio de grabación, la capilla que había construido donde se había casado con su mujer; el pabellón de cricket, [...].

    En el porche del lugar donde dormiríamos mi mujer y yo, R me señaló una elevación en la distancia que permanecía como un centinela en la extensión de su reino [...]. Desde luego aquello era un reino, un monumento natural a la familia por la que RC había peleado tanto, y un Camelot para todos sus campeones. Con las cartas ahora boca arriba, volví a Sydney lleno de excitación y asustado –aquello ya no era un paseo al ir a abandonar mis propios sueños por un lugar en el tren de alguien más.

    Y así empezó un turbulento capítulo en la balada de Jack y Russell, unas cuantas semanas coronadas con crecientes sospechas y desacuerdos, normalmente por mis objeciones a sus esfuerzos por manipular a los medios y su resentimiento por eso.

 

    Le comenté que él era demasiado importante para molestarse personalmente con los columnistas de cotilleos, que todo lo que tenía que hacer era ser el tío estupendo que me había mostrado a mí y el mundo descubría la verdad en su mejor momento. Con decisión, aunque con buen trato de precaución y retracción, contestó que yo no tenía ni idea de lo que estaba hablando.

    Lo que es más, empecé a dudar de si mi amistad con RC era exclusiva del todo. Se había visto a R paseando con periodistas rivales. Había rumores de que si él estaba escribiendo un libro con otro. Tuve noticias de otro artículo de CM en marcha, la periodista local destapando su amistad con R y contando sus charlas nocturnas en la granja de la estrella. Se me había subido tanto a la cabeza todo que no se había ocurrido que podía haber más caballos en el mismo carrusel.

    Como el que escucha murmullos de las infidelidades de un amante, empecé a preguntarme sobre mi lugar en el mundo de R. Me di cuenta de que a veces los emails que me mandaba contenían información de presuntos conocimientos que yo no poseía – finales de conversaciones, quizás, mantenidas con otros y que ahora confundían las nuestras. Nunca me presentó a su mujer, que parecía haberse quitado del medio para evitar a Kellie y a mí en el fin de semana en la granja, como si ella hubiera sabido que sólo estábamos de paso y no futuros conocidos. Finalmente me admití a mí mismo que nunca le había oído a R preguntarme por cosas de mi propia vida, mi salud, mi carrera, mi familia. Incluso cuando yo tenía prontos como “he pasado una semana espantosa”, la curiosidad de R no se vio por ninguna parte. Desde luego era un extraño tipo de amistad. Quizás es que no lo era en absoluto.

    Por supuesto, R nunca me había ofrecido explícitamente su compañía ni me había pedido la mía. Se había referido a nuestra “amistad” ocasionalmente, pero esa es una palabra tan mal usada en todos los sitios de negocio que apenas significa algo cuando un trato no está saliendo. Hablando estrictamente, todo lo que me había ofrecido era un trabajo. Fui yo el que rechazó un sueldo, transformando mi tarea en un trabajo por amor. Fui yo, quizás, quien estaba siendo el que fuera por por lo bajo, enmascarándome como un soldado de a pie mientras secretamente guardaba su amistad, y el estilo de vida que aquello prometía traerme.

    Pero RC no es estúpido ni inexperto en mi mundo. Nacido ni rico ni famoso, también había vivido una vez una vida ordinaria, [...]. Desde su lugar en el techo de la sociedad, quizás se había olvidado de cómo son las cosas desde aquí, y como tal no era consciente de la confusión potencial de lo que nuestro tiempo juntos me había hecho imaginar. O quizás estaba contando con eso. Pero ¿podría todos esos meses –las llamadas y los emails de medianoche, las largas noches de música y cotilleos que me había contado en confianza, el fin de semana, la charla de nuestro futuro-, podría todo eso haber estado al servicio de nada más que la promoción de una película? ¿Realmente la gente hace eso?

    Recordé una noche de hacía tiempo cuando hablamos de otra estrella de cine que se rumoreaba estar citándose con su compañero de reparto, pensaba R, por la publicidad. R no lo aprobaba, pero su condena no mostraba sorpresa o disgusto, sólo una mueca y un movimiento de cabeza, como si ese jugador particular hubiese llevado el juego “demasiado lejos”.

Abrumado por estas dudas –y en parte, supongo, como un test de esta “amistad”- rechazar hacer la historia, proponiéndole a R los nombres de otros que yo pensaba que harían un buen trabajo en mi lugar. Me disculpé pero me sentía demasiado comprometido. “Creo que puedo serte útil en un futuro”, le escribí, “pero no esta vez”. La respuesta de R fue rápida y, pareció, llena de pánico. Quiso verme a primera hora.

    Durante un largo paseo, con CC delante en su silla, R me explicó de nuevo que no podía ser nadie más. Tenía que ser yo o no habría historia. Le pregunté por qué me quería a mí sobre cualquier otro, y él me respondió con una sonrisa: “Porque es parte del proceso”.

Mis dudas habían sido idiotas. Mi nueva carrera en el ejército de RC estaba asegurada después de todo. Ese simplemente era el examen final de mi graduación para una nueva vida como consejero de R.

    Mientras trabajaba en la historia una noche le envié a R unas cuestiones por correo. Su respuesta, en un email encabezado con “Joder... ¿por qué estoy haciendo tu trabajo también?”, llevaba un tono innegablemente agresivo. La contestación a una de las preguntas de una lista de sus propias faltas percibidas era: “Vete a tomar por culo, ese es tu trabajo.”

La razón por aquel repentino pronto de mala actitud era un misterio, aunque el email acababa con la información de que Charlie había estado enfermo toda la semana y las noches sin dormir habían llevado a la familia “a estar más cerca juntos, si eso es posible”. Se me ocurrió que aquello podía ser mero teatro para la historia: el hombre hablando duro del que desaparece toda la cortesía por la devoción a su familia. Lo que R no habría sabido –porque nunca lo habría preguntado- era que yo podría haber tenido otra dura semana también, con mi niño enfermo. Así que estallé. Directamente le recordé que, en ese asunto, mi trabajo también era asunto suyo, y que “nunca me mandara por culo otra vez”.

     “Tío”, escribió, “he intentado ser valiente con esto pero me tomé tu último email como un ataque abierto”. Comentó haberme escrito 2000 palabras antes de sacarlas de mala manera. No tenía ni idea de cómo responder, dijo, “a un nivel de rabia que hace desaparecer cualquier noción de una conexión previa”. Dijo que si yo no quería hacer la historia, que no lo hiciera.

    Respondí que era demasiado tarde para eso, porque no quería fastidiar a mi editor dejando la historia. Le dije que si nuestra “conexión previa” le había enseñado que podía ser rudo conmigo entonces yo también estaba contento de hacer desaparecer esa noción. Corté con una ligera nota –ya que él estaba entre “trabajos”, quizás podría considerar hacer el papel de Batman en la fiesta de cumpleaños de mi niño. No le podía ofrecer dinero pero sí “todos los trozos de pastel y rollitos de salchichas que puedas comer”.

    Temí que aquella lucha mano a mano echara el telón a mi relación con C y, mientras esperaba que no, una parte exhausta de mí sabía que sería para lo mejor. Mientras quería y me sentía con suficiente voluntad para poner mi carrera al servicio de la suya, no tenía ni el aguante ni la inclinación a convertirme en el chico de los recados de R, en su “sí, señor”, en el robot dependiente de su irascible Doctoc Smith. Era mejor que él lo supiera ahora y no después.

Y si R y yo separábamos nuestros caminos, yo ya sin ser su futuro publicista, se me ocurrió que ahora podía ser libre para escribir mi propia historia, toda la verdad sobre C como yo la había visto. [...]

    Pero me decidí por lo contrario. Escribiría una historia que sirviera bien a R, como un regalo al hombre que me había proporcionado una oportunidad así. Un agradecimiento a la amistad que podía haber existido [...]. Y, por lo que sabía, habíamos conseguido cosas después de todo. No había necesidad de romper mi apuesta antes de que acabara la carrera.

    Así que escribí una historia que traicionó a mi memoria, y así también a mi periodismo. No escribí sobre las confidencias que me hizo, los hábitos antisociales que noté con interés, o aquellos murmullos que dejaba caer en los oídos de un periodista. No escribí sobre la manipulación que había visto con mis propios ojos, los columnistas con los que hizo tratos, o los críticos con quienes era amable y amistoso y generoso con su tiempo, solo para contarme después que pensaba que eran estúpidos. No revelé que había deseado haberle rebanado el cuello al conserje con el teléfono.

No hice mención  de mis problemas con CM –las escenas de lucha que le debían la vida a Toro Salvaje, o el falso retrato de Max Baer como un asesino, historia editada por la conveniencia de la moralidad de Hollywood. No escribí nada de ese chiste sobre matar al periodista, o el comentario sobre el conserje y que no pasara del tema [...].

    Lo más sacrificado de todo fue guardarme mis propias y más oscuras sospechas –que no era amiga de RC, sino solo otro músico más en la orquesta de una sola canción, un instrumento de relaciones públicas en la caja de una estrella de cine, seducido por el encanto, abrumado por las promesas e impulsado por mi propio ego y avaricia a creer que aquello no era otra cosa que el negocio del espectáculo. Esto podría haber sido una gran historia.

    En vez de eso, añadí a la galería internacional de retratos exponiendo a C como el Gran Incomprendido. Hablé –con bastante honestidad, como lo había visto- de su buen corazón, su dispuesto humor, su afilado intelecto y su augusta dedicación a su arte. Conté la verdad de su ego popular con un cuento de primera mano sobre la humildad del hombre. Traté el asunto del teléfono, cogiéndole prestada su explicación de por qué “lo que sea” es el nuevo “jódete”. [...]

    Pero la historia no fue solo besos al viento, porque no se pueden creer y yo no las hago. Mencioné nuestra discusión –aunque no el contenido de ella- y que ya no volvimos a hablar. Sugería que hubo veces en que quizás R se toma demasiado poco en serio a sí mismo. Toqué el tema de su mala reputación con los medios, aunque les eché la misma culpa a ellos por eso. [...]

Puedo decir que conté la verdad, pero no toda, mi historia podrida hasta el tuétano con omisiones y favores, y odié escribir eso. Cuando acabé me juré que nunca más me pondría en el lugar de escribir algo para alguien excepto para el lector.

    El día que se publicó el artículo, recibí un inusual montón de buena crítica, lo que me tomé tragándome la saliva. La gente encontró la historia “cálida”, “real” y “con empatía”, unos pocos me contaron que nunca les había gustado R hasta que la leyeron. Un lector sí me escribió que había “maldecido a C con una loa falsa” y eso fue lo peor de aquel mail negativo.

    […] Decidí mandarle un mail a R. Le conté que la historia había salido y esperaba que no tuviera demasiados problemas con ella. Le expliqué que mencionando nuestra discusión quizás suavizaba los cargos de manipulación. Había querido que la gente, le escribí, supiera que “eres un tío inteligente, divertido, de gran corazón” y que “quería contarlo de un modo que no oliera a publicidad –dejarlos que lo vieran por sí mismos”. Y firmé diciendo que estaría encantado si él deseaba continuar nuestra amistad pero, si no, que había sido estupendo conocerlo.

    […] Revisé mi correo y había una respuesta de R. Eran tres palabras: “sí, sí, lo que sea”.

    [...] El artículo no había sido algo total pero no había sido una faena tampoco, y así es lo que RC espera claramente. Ese gruñido – el “insulto más bajo” de todos- era todo lo que podía comentar después de tantos meses buscando una onda común que se había estropeado una noche. Yo había sido el cabrón. Era sólo la única verdad que tenía sentido.

    Mi trabajo, dijo R, era “insuficiente y de mierda”, mis opiniones “no pedidas”. Era uno cualquiera del montón que no tenía ni idea ni sentido del honor. Yo había traicionado una amistad, aparentemente, y mi niño se merecía un Batman mejor que cualquier cosa que se le ocurriera a su padre. Era hora, dijo, de que yo siguiera con mi propia vida – como si yo no hubiera estado haciendo nada más antes de marzo.

Había desaparecido la cauta y herida víctima de altercados pasados –ese fantasma se había evaporado al final del escaparate de publicidad. Ahí estaba el RC del que había leído todos estos años, el gilipollas creído y egocéntrico del que yo mismo me había convencido –y cualquiera que lo hubiera escuchado- ser sólo una ficción cínica de los medios. Significativamente ese fue el único mail –el primero en nuestros 6 meses de comunicación- que R firmó con su verdadero nombre.

    El mail concluía con un aviso que encontré extrañamente inspirador: “Deberías dejar de hacer el gilipollas, Jack, y dedicarte a escribir libros. Es lo que se supone que haces”.

     […] Quizás tenía razón,  -yo podía tener un libro que escribir después de todo. Una pequeña fábula de cómo esta gente es falsa, y lo que se ve en una película es sólo la punta del iceberg. Cómo la publicidad es un estilo de vida para él, que lo busca, sus mentiras indiscernibles de nuestras oraciones diarias, su conciencia olvidada por sus sueños de estrella de cine. Cómo el éxito puede hacer a un buen hombre hincharse con ambición por las alabanzas. Sobre cómo esa cosa egoísta que son las películas está fuera de control y los personajes saltan de la pantalla y actúan en la vida diaria. [...] Nosotros, extras sin idea, estamos ahí para que nos engañen y abusen de nosotros porque el espectáculo que celebra la estrella debe seguir.

    […]Pensé que podía tener ese libro. [...] Después de todo ¿no había sido el propio R el que me dijo que era eso lo que hacía? La cuestión que no podía responderme era si de verdad lo haría. Evidentemente, RC también había estado pensando la misma cosa.

Seis meses después de la primera llamada, recibí un último correo, corto y críptico. Llamé a R y le dejé un mensaje en su buzón personal, pidiéndole que me explicara el significado. No ha habido respuesta.

    Se titulaba “ideas para un libro”, y buscaba mi atención lejos del tema de RIC y considerar, en vez de eso, uno de sus colegas: "Michael Castellano, el personaje de la canción Mickey. Nacido en Staten Island, de una familia de la mafia... Es un contador de historias fascinante.”